Hay ocasiones en las que el vino es el perfecto acompañante. No hablamos solo de un maridaje. Hablamos de situaciones que piden un vino. Cuando estamos viendo música en vivo, por ejemplo jazz, cuando nos encontramos en un paraje que nos transmite paz, o en el deleite gastronómico… quizá al escribir, crear o simplemente reflexionar. Apetece vino.

Sin embargo tomar un vino también predispone a buscar un momento de introspección, de concentración, a realizar determinadas tareas. Empezar por el vino para conseguir una conversación relajada, para buscar una vida social distendida, para predisponernos a contemplar, para fomentar la conexión con nuestras ideas… Pensamos en el vino para alcanzar ese momento.

Claro está que la contemplación y el vino están hechos el uno para el otro. Pero ¿en qué orden sucede el acontecimiento? ¿es la situación la que nos pide un vino o es el vino el que nos alienta a realizar determinadas tareas?

El vino, igualmente, agrega a esa situación el aliciente perfecto para que la percibamos como llena.

Un Care Blanco Chardonnay en nuestras escapadas turísticas, un Care Crianza antes de ponernos a crear o un Care Rosado para una conversación relajada. Porque hablamos del arte de saborear cada momento.